Los otoños y los inviernos de aquellos años eran diferentes a los actuales (en realidad, todas las estaciones del año lo eran).
Apenas comenzado marzo ya se empezaba a hacer notar el fresco por las mañanas y a la noche. Cuando las clases empezaban (generalmente en la primera semana del mes) ya había que ir con algún abrigo liviano. Las hojas de los árboles caían con puntualidad en las proximidades del 21 de marzo y la garúa persistente era una de las características de esa época solían durar hasta dos semanas consecutivas.
Ya más avanzado el otoño empezaban las heladas matinales. El pasto de las veredas se volvía completamente blanco y los charcos se convertían en escarcha. Muchas veces volvíamos a casa al mediodía con algunos sectores de césped aún blancos.
Me acuerdo al menos de una vez que la canilla del patio perdía una gota y durante la noche se había formado una estalactita que bajaba desde la boca de la canilla hasta el piletón.
Los sabañones también eran muy comunes y mis orejas eran su blanco preferido para martirizarme.
Las aulas (los grados, como los llamábamos) tenían apenas una pequeña estufa (no sé si a gas o a querosén). Las manos siempre frías y el "humito" del aliento eran lo habitual.
Las aulas prefabricadas se alineaban a lo largo de una de las medianeras. El resto era el patio que quedaba separado de la vereda por una verja de madera.
Hoy, la escuela tiene todas sus aulas de material y se construyeron más, percisamente donde estaba la verja. No entré nunca más a la escuela, así que no sé bien cómo se distribuyeron los espacios, pero supongo que el patio debe haber quedado muy reducido, porque el terreno no era demasiado amplio.
No sé por qué razón entre nosotros solíamos llamarnos por el apellido (en muchos casos, sigue siendo lo mismo hoy con las nuevas generaciones. Al menos es lo que pude notar muchas veces al escuchar cómo se llaman hoy entre los chicos).
Los compañeros que recuerdo no son muchos: el ya nombrado Oscar "Cacho" Olivera, Jorge Campos (a los dos ya los nombré antes), Aldo Roca (que vivía a la vuelta de la escuela, en la calle Rojas a media cuadra de la av. Sarmiento), María del Carmen Matavacas, y a otras dos chicas, sólo por sus apellidos: Cantalamesa y Mariezcurrena. A Matavacas y Cantalamesa obviamente las recuerdo más que nada por lo singular de sus apellidos que por haber sido demasiado importantes para mí en ese período. Sí lo fue, en cambio, Mariezcurrena... de la que, paradójicamente, no recuerdo su nombre. Cosas de la memoria. O de la desmemoria, quizás.
Mariezcurrena era una linda rubia que vivía sobre la calle Rauch, a unas tres o cuatro cuadras de casa y a la que solíamos visitar cuando nos juntábamos varios fuera de la escuela, para jugar o deambular por el barrio. Algunos íbamos por amistad y otros por otras razones. O por ambas al mismo tiempo...
La maestra de ese tercer grado (qué desastre...!!! Tampoco me acuerdo de su nombre... ni el nombre de ninguna de mis maestras) fue de la que me enamoré, como le sucede a todos o casi todos los chicos. Sé que en alguna parte está la foto que nos tomaron ese año, especialmente la que estoy con ella abrazándome y parados al lado del mástil de la bandera. Seguramente aparecerá en algún momento y la voy a subir.
Noviembre se terminaba y sonó la campana anunciando que había terminado el último día de clases de ese año. Por ese tiempo todavía me alegraba de que empezaran las clases, pero al mes ya me daban ganas de volver. Claro, ya en el secundario la cosa cambiaría...
Escuela Nº 83 Carlos Guido y Spano (1)
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| Fachada actual de la Escuela Nº 83 Carlos Guido Spano |
De la Escuela Modelo de Castelar me pasaron a la Escuela Nº 3 de Morón. Una escuela estatal, de la provincia de Buenos Aires. El edificio ya tenía sus años. Calculo que al menos 20, si no más. Un patio central y todo el ruido de los colectivos que tenían sus paradas sobre la vereda de la escuela. Está a 2 cuadras de la estación de ferrocarril, por lo que son varias las líneas de colectivos que pasan por allí. El frente de la escuela está sobre la calle siguiente (abarca toda una manzana más bien pequeña)
El frente estaba pintado de amarillo y las persianas de las altas ventanas de hierro tenían un sistema que permitía que estuvieran bajas, pero que al mismo tiempo entrara luz y aire. De alguna manera se levantaban los rieles por los que corrían haciendo que quedaran en un ángulo de 45 grados.
Me acuerdo que una mañana, papá tuvo que ir a hacer algún trámite a la escuela y a la salida, en el apuro por ir a tomar el tren, se pegó la cabeza en una de las puntas de una de las persianas. Chichón y lastimadura.
En la escuela 3 estuve sólo tres meses. Cuando ya empezaba a acostumbrarme a la maestra y a mis compañeros, tuvieron que pasarme a una escuela recién inaugurada que quedaba a tres cuadras de casa. Es que la normativa dice (o decía) que había que ubicar a los alumnos en la escuela que quedara más cerca de su domicilio.
La nueva escuela era (es) la Carlos Guido y Spano y tiene el número 83.
Está ubicada a pasos del puente del ferrocarril Sarmiento cruza el arroyo Morón. Por supuesto, a esas alturas ya estaba entubado y sobre él se construyó una calle que comunica el lado norte y el sur de la zona. No recuerdo el nombre de la calle.
La escuelita está en un terreno bastante chico, por lo que sólo tenía cuatro aulas y la dirección.
A la mañana cursábamos los de 3º, 4º, 5º y 6º grado. No recuerdo si a la tarde iban 1º Superior, 1º Inferior y 2º grado (ahora ya no existen más 1º Inferior y 1º Superior. Se los denomina simplemente: 1º y 2º grado. Por eso la primaria termina en el 7º grado, y no en el 6º como terminé yo. En definitiva, es lo mismo)
Frente a la escuela está ARENIL, una institución que se dedica a la rehabilitación de los chicos con parálisis infantil. Al menos esa era su actividad principal por aquellos años, ya que unos años antes había habido una epidemia de parálisis bastante grande. Todavía había algunos casos, pero ya no tantos. Quizás ahora se haya reconvertido y atiendan otro tipo de problemas.
Del otro lado de la vía estaba el Club 77 y frente a él, un terreno muy grande de Vialidad Nacional, donde vivía uno de mis compañeros: "Cacho" Olivera, que era mayor que todos los demás porque había repetido uno o dos grados. Esto lo hacía una especie de "líder" del grupo.
Las aulas eran pobres, pero dignas. Estaban hechas de madera (de las prefabricadas). Los padres trabajaron mucho en la escuela pintando, etc.
La sala donde pasé mi primer año de escuela tenía las paredes pintadas por mi vieja. Le había hecho dibujos que no recuerdo ahora, pero que eran muy lindos... es la sensación que me quedó.
A partir de éste año mi grupo de amigos creció mucho. A Julio Fuentes, Héctor Servini y Jorge Rendo (mis amigos del barrio) se sumaron unos cuantos de la escuela. Especialmente Jorge Campos que vivía a la vuelta de casa, sobre la calle Rauch... y "Cacho" Olivera...
Ese año empecé, sin darme cuenta, a desprenderme un poco de la familia (no tanto, tampoco... pero bastante más que antes. Era lógico, por otra parte...).
Mi última visita al barrio - 6
Mi última visita al barrio - 5

Frente de la Catedral de Morón.
Está ubicada sobre la calle Nuestra Señora del Buen Ayre, justo frente a la plaza principal de Morón.
Unos metros más hacia el lado de Castelar está el edificio que durante un tiempo ocupó el anexo del Colegio Nacional, donde rendí el exámen de ingreso para el secundario y en el que comencé a cursar el tercer año hasta que se inauguró el nuevo edificio y nos mudaron.
En esta Catedral se casaron mis abuelos paternos (por supuesto, unos cuantos años antes de que yo deambulara por esas veredas)
Mi última visita al barrio - El Club Argentino (Hace unos 5 o 6 años) 4

El Club Argentino de Castelar.
No recuerdo a qué edad los viejos me (nos) hicieron socios del club, pero sin dudas fue muy importante para mi. No es que pasara tanto tiempo allí durante todo el año. Sí en el verano, donde la pileta era el centro de la actividad. Iba o me encontraba con mi amigo Julio. También, por supuesto, con Héctor y sus amigos... aunque ellos ya eran "grandes".
El calor de aquellos veranos era realmente algo insoportable. Por suerte no existía lo que hoy se denomina "sensación térmica", ni los noticieros de radio y TV hacían del clima una obsesión. Si hubiera sido así, creo que habría sido un milagro sobrevivir a esas temperaturas.
Nos íbamos caminando las 10 o 12 cuadras que había entre la casa y el club, pero con gusto porque el premio era la frescura del agua y el compartir el tiempo con los amigos.
La vuelta también era a pie por la calle Mercedes hasta av. Sarmiento y de allí, derecho hasta el 1735.
El agua abría el apetito y la merienda solía ser suculenta. Un buen café con leche con abundante pan crocante con manteca. Mientras tanto, veía en la tele "Supercar", una serie de marionetas que me encantaba. O después, "El Capitán Marte y el XL 5".
Lo que se ve en la foto es la fachada nueva del club. Digo nueva porque lo es para mi. No sé en qué año terminó siendo como es hoy. Sí que antes de irnos de Castelar ya estaba el gimnasio cerrada donde llegué a intentar jugar al básquet, cosa que con mi altura no era tan fácil y no tenía demasiado futuro. Nunca hubiera llegado a ser la cuarta parte de un Ginóbili por màs que me matara... ja
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