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Aún danza tu voz...


"¿Quién fue el raro bicho que te ha dicho, che pebete...

Tengo un recuerdo, tierno azote:
tu fresca risa en el andén
y aquella ingenua intrepidez
de andar la vida sin reproches.

...que pasó el tiempo del firulete...?", milongueabas feliz a lo Julio Sosa...

Un canto opaco y monocorde
(como un adiós)
nos trajo el tren,
con su ilusión de enmudecer
tu voz de risas y derroche.

Vías arriba
te fue llevando hacia la ausencia,
que no es olvido ni silencio.

El espanto y la desmemoria
no se llevaron tu sonrisa
ni aquella mirada cantora.

"¿Quién fue el raro bicho que te ha dicho, che pebete...

...danza tu voz junto a la brisa
que te contiene, protectora...
Ave y pañuelo que eterniza.

... que pasó el tiempo del firulete...?"

marcelo boetto

8 de marzo de 2004


En memoria de Víctor Bruschtein Bonaparte, amigo y compañero de estudios en el Colegio Nacional de Morón (Pcia. de Buenos Aires), hoy Colegio Manuel Dorrego.



Víctor junto a su primera sobrina y una compañera
Victor Bruschtein Bonaparte
Desaparecido el 19 de Mayo de 1977 junto a su compañera Jacinta Levi Tenía 24 años
Fueron secuestrados en su casa

La casa de Héctor Servini: un lugar frecuentado (cuando no estábamos peleados... ja)


En algún momento dije que en la casa de al lado del edifcio de los Fasio vivía una señora, maestra, que se llamaba Blanca. Hoy no estoy tan seguro de su nombre. Pero bueno, creo que no es lo más importante.
La casa esa es la primera de la izquierda en la foto. Evidentemente se hicieron algunos arreglos o reformas porque la fachada no es como era... y se ve que hay restos de escombros en el frente. Tampoco queda césped .
En la casa inmediatamente contigua, que está algo oculta por el árbol, vivían los Servini. Héctor era de mi edad (algunos meses mayor que yo). Donde ahora se ve una ventana (just a la altura del árbol) había una verdulería. No era de los Servini, sino que le alquilaban el local a don Antonio (creo que ese era su nombre). Un italiano que, como Servini, había llegado de Italia después de la guerra. Su hijo mayor tenía estudios universitarios (alguna carrera técnica, pero no sé cual). Me preparó en matemática cuando tuve que rendirla en el Nacional de Morón, en segundo año. Me la había llevado previa.
Sabía mucho y explicaba de manera muy didáctica, así que no tuve mayores problemas en rendirla.
Volviendo a los Servini, ya conté lo que el padre de Héctor nos había relatado acerca de su estadía en Africa durante la guerra y de cuando los trasladaron de allí directamente al frente ruso... con todas las consecuencias que conllevaba pasar del calor africano al invierno ruso.
Con Héctor teníamos una relación de amistad algo inestable. O jugábamos mucho tiempo juntos a lo que fuere (a la pelota, a los cowboys o a lo que se nos ocurriera) o pasábamos a veces largos períodos enojados por alguna tontería... en fin.
En verano nos veíamos menos. Por esos años podíamos irnos seguido a Mar del Plata de vacaciones. Y si no, yo iba todo el verano a la pileta del Club Argentino, del que Héctor no era socio.
Donde sí nos acompañábamos mutuamente era en nuestros cumpleaños. Los dos sufríamos las consecuencias de cumplir años en pleno verano, por lo que muchos de nuestros respectivos compañeros de escuela no venían, porque no los podíamos ubicar o porque se habían ido a la playa. Él los cumplía (y los cumple, espero) 6 días después que yo... el 30 de enero.

Armandito: una de las víctimas de la poliomielitis



Una de las casas que están justo frente al chalet de los Pisano es ésta, la de Armandito. No sé el apellido de la familia, ni sé tampoco si siguen viviendo allí. Incluso, no sé si vivirá Armandito.

Ya había contado antes que la última vez que había ido (antes de ahora) lo ví, sólo. Cosa rara porque siempre estaba acompañado de su madre o su padre. O si no, estaba con todos nosotros, la barra de pibes de la cuadra.

Armandito tenía más o menos nuestra edad. Creo que uno o dos años más que yo.

De chiquito había padecido poliomielitis... Sufrió las consecuencias habituales de esa enfermedad, como es un debilitamiento en sus piernas. En su caso no llegó al extremo de necesitar los aparatos metálicos que necesitan éste tipo de enfermos para poder caminar medianamente bien. Sin embargo, la enfermedad atacó su cerebro. Lo dejó con un severo problema que hizo que Armandito quedara permanentemente con una madurez muy inferior a la normal. Supongo que a estas alturas no ha de tener un desarrollo mental superior a un chico de 8 o 9 años de edad.

Nunca fue rechazado por ninguno de nosotros. Es más, solía compartir unos cuantos de nuestros juegos o de nuestras charlas. Claro, a la pelota no podía jugar mucho por su problema en las piernas. Así y todo, cuando no jugábamos un partido "en serio", participaba.

Por esos años (o mejor dicho, en los años en que todos nosotros nacimos) hubo una epidemia de poliomielitis. No sé si muy tarde o más o menos en los tiempos lógicos, se comenzó con una vacunación masiva de la población infantil... y tal vez (desconozco) a las mujeres embarazadas. Por suerte los casos de poliomielitis fueron siendo cada vez más raros y hoy en día es muy difícil ver a alguien que muestre las secuelas.

Armandito, esa última vez que lo ví, estaba exactamente igual... lógico, con alrededor de 50 años de edad, pero con todo su cabello (ondulado, casi crespo). Todo canoso, eso sí. Flaco como siempre y algo encorvado. Y el rostro que, al contrario de su edad mental, parecía ser el de alguien unos años mayor.

Espero que esté bien él y su familia (por él, principalmente)

El edificio de los Fasio... algo así como "la plaza del pueblo"



Ahora el edificio de los Fasio queda algo fuera de lugar en el barrio (al menos, el que era de los Fasio... quién sabe quienes serán los dueños actualmente). Ahora son todas casas tipo chalet en su gran mayoría y éste edificio no se condice demasiado con ese estilo. Es, tal vez, el único que sobrevive intacto al tiempo.
Hasta no hace mucho, el local donde ahora aparece el cartel de una inmobiliaria (Zumbo... que nunca oí nombrar antes) estaba ocupado por el almacén de Fasio, justamente. Evidentemente se vendió (y es probable que junto a lo que le quedaría de propiedad del edificio a la familia Fasio).
El quiosco de diarios que se ve cerrado, pareciera (por su estado) que es el mismo que estuvo ahí. Lo que falta, junto al quiosco, es el techito de la parada del colectivo 269. El mismo techito del que me colgara de sus travesaños de hierro cuando estaba recién colocado para intentar hacer o parecer un artista de circo... o una especie de Tarzán en una selva algo excéntrica...
Las dos ventanas del primer piso pertenecían al departamento que ocupaba la familia Fasio (los padres, que no recuerdo sus nombres, Aníbal "el negro" y sus hermanas: Rosa, la menor... y la mayor, que tampoco recuerdo cómo se llamaba).
En el departamento de arriba, que en la foto está con las dos persianas bajas, vivía mi amigo Julio Fuentes con su familia. Dora, su hermana mayor... y, por supuesto, sus padres.

Apenas si se distingue en ésta foto que el edificio es el último de la cuadra (o el primero, según se lo mire). Apenas se ve una fracción del tejado de la casa de los Milano, el rematador que se encargó de la venta de nuestra casa en el año 1975. Al lado de lo de los Milano vivía la profesora que me preparó para el exámen de ingreso al colegio secundario. En esos momentos, ella y el marido eran los propietarios de un instituto de enseñanza privado (creo que se llamaba Patricios o Granaderos... o algo así. Algún nombre que recordaba a aquellos tiempos de la independencia... creo que Patricios.)

En fin, si bien no es muy lindo el edificio, fue también un lugar muy importante en nuestra infancia. Ahí vivían dos de nuestros mejores amigos (mío y de Héctor) y el lugar donde diariamente hacía sus compras la familia. En los pasillos de ese edificio supe pasar muchas horas jugando o conversando con Julio, compartiendo hasta partidos de fútbol por la radio (él de River y yo de Boca... ja) También la terraza era un lugar clave. Con el tipo de construcción de la zona, la terraza era un mirador privilegiado desde el que se podía tener un buen panorama de todo el barrio. Se puede decir que era, también, un punto de referencia. Algo así como "la plaza del pueblo", pero de dos pisos y terraza...

En fin, no es una belleza... pero fue muy importante, incluso desde antes de terminar de construirse. Es que en ese edificio hay, también, unos cuantos materiales que originalmente habían comprado mis viejos para la construcción de la casa y que, por obra y gracia del constructor, fueron a parar por unos pocos pesos a la vereda de enfrente... al menos, hasta que los viejos se "avivaron" y se cortó el negocio para el constructor y para Fasio... A pesar de todo, nunca supe de alguna discusión con Fasio (tal vez la hubo, pero a mis 4 o 5 años de edad, seguramente no me di cuenta de ello... es más, me enteré del asunto del "traspaso de bienes" cuando yo ya tenía al menos 17 o 18 años).
Hoy es una simple anécdota... un dato más que resalta el gran esfuerzo que tuvieron que hacer los viejos para poder terminar de construír la casa, que gracias a la venta de tanto material a un tercero, tuvieron que pagar dos veces gran parte de ella...

Los amigos...

¿Qué será de mis antiguos amigos de Castelar?

Es increíble la memoria. En mi caso, la desmemoria.
No hay caso de poder recordar a todos mis amigos, y de los que sí tengo memoria, en varios casos no me acuerdo de sus nombres de pila.
Estaba Julio Fuentes, que ya nombré antes. Era mi mejor amigo y vivía en el edificio de enfrente de casa... el de los Fasio. Alquilaban un departamento en el primer piso. Bastante amplio, sobre los negocios de la planta baja y al lado del que ocupaban los propios Fasio. Tenía una hermana mayor (Dora) que tenía un problema con sus piernas: eran tipo "macetas". Un verano se fue toda la familia Fuentes a visitar a sus otros familiares a la provincia de Salta. Estuvieron un mes o más. A la vuelta, Dora era otra persona. Había adelgazado bastante y sus piernas eran ya prácticamente normales. Nunca supe a ciencia cierta qué es lo que había hecho para conseguir ese cambio. No creo que haya sido sólo dieta y las cirugías plásticas por esos años eran una utopía.
Justo frente a casa vivían los Servini. Héctor era mi amigo, aunque de vez en cuando teníamos alguna discusión o enojo pasajero. Tenía también una hermana, pero no recuerdo su nombre.
El padre era italiano y había estado en la Segunda Guerra Mundial en el frente de Africa. Nos contó que estando allí, un buen día les llega la orden de trasladarse al frente ruso. Los levantaron así como estaban y se los llevaron. Con la misma ropa que usaban para el calor africano fueron transportados frío de la Unión Soviética. Demás está decir que muchísimos murieron por esa razón, además de otras cosas espantosas que nos dijo que hizo la bajísima temperatura con muchos de sus compañeros. Por ejemplo, que a muchos se les quedaban pegadas las manos al metal de los cañones (prueben de poner un dedo en las paredes de un freezer y verán como se les adhiere un poco... imaginen temperaturas de 10 o 20 grados bajo cero y comprenderán que para poder despegarles las manos forzozamente se les arrancaba la piel, al menos). Otros muchos morían en plena marcha. Quedaban como estatuas. Hasta contó que muchos perdieron sus narices u orejas, que al tocarlas se les quebraban a causa del frío tan intenso. En fin, horrible.

Al lado de la casa de los Servini vivía una señora Blanca y lindante con la casa de ella, estaba Armandito. Un chico más o menos de nuestra edad, pero con un problema de retraso mental, creo que a causa de la poliomielitis. A él lo ví en mi última visita al barrio. Por supuesto no me reconoció, pero yo a é sí. Estaba igual de flaco que siempre, pero lleno de canas. Creo que eso es lo que me causó más impresión.

Al lado de la casa de Armandito, los Ripetta (Pipetta, según la abuelita María). No me acuerdo de los nombres de los hermanos (un varón y una chica). No éramos pocos los que estábamos detrás de ella, que era uno o dos años mayor que nosotros. De todas formas, de vez en cuando compartíamos un rato de la tarde con ella jugando a cualquier cosa, con tal de tenerla cerca.
Su padre era médico y, si no me equivoco, ella y su hermano también estudiaron medicina.

Creo que inmediatamente después (o a dos casas, a lo sumo) vivía Jorge Rendo. No supe más de él hasta que escuché su nombre por radio durante un reportaje telefónico hace como 10 años. Estaba como gerente de no sé qué área de una automotriz (podría ser la Fiat).

Al lado de mi casa vivían los Elman, pero eran mayores que yo... así que la relación era sólo de vecinos. En realidad, de nuestro lado de la avenida no había ningún chico de mi edad. Todos mis amigos eran de la vereda de enfrente.
Al lado de los Elman, un enorme chalet que ocupaba más de media manzana y el terreno llegaba hasta la calle Rauch, la de atrás de casa. Era de los Pisano (creo que aún viven allí) Hoy son dueños de una cadena de grandes pinturerías de la zona oeste del Gran Buenos Aires.

Había más chicos con los que solíamos jugar, pero no eran de nuestra cuadra y no los recuerdo.
Se formaba una buena banda de pibes que, por lo general, nos quedábamos jugando a la pelota en el amplio espacio de pasto que iba desde las casas hasta el cordón de la avenida. Lo más común era que jugáramos frente al chalet de los Pisano, que era el que tenía la superficie más larga (eran como 3 o cuatro lotes juntos) y era ideal para usarlo como cancha. Por supuesto, poníamos alguna ropa o lo que hubiera a mano, haciendo de postes de los arcos y ahí nos pasábamos al menos 3 horas seguidas peloteando. Cuando venían mis compañeros de la escuela, solíamos ir hasta el estacionamiento del club Los Matreros, que ya conté antes.

En primavera o verano salíamos a caminar por todo el barrio y juntábamos frutas dentro de nuestras remeras, que poníamos adentro del pantalón para que nos sirvieran como una bolsa. Toda árbol frutal que asomara alguna rama hacia el lado de la vereda era minuciosamente saqueado por la horda de pibes que formábamos... Nos dábamos grandes panzadas cada tanto.

Otro vecino, que también era compañero de grado en la escuela, era Jorge Campos. Vivía sobre la calle Rauch, casi esquina Monte. Es decir, a poquito más de una cuadra de casa.

En fin, espero que todos estén bien hoy.
Ya no creo que los vuelva a ver alguna vez. No los podría reconocer...

Escuela Nº 83 Carlos Guido y Spano (2)

Los otoños y los inviernos de aquellos años eran diferentes a los actuales (en realidad, todas las estaciones del año lo eran).
Apenas comenzado marzo ya se empezaba a hacer notar el fresco por las mañanas y a la noche. Cuando las clases empezaban (generalmente en la primera semana del mes) ya había que ir con algún abrigo liviano. Las hojas de los árboles caían con puntualidad en las proximidades del 21 de marzo y la garúa persistente era una de las características de esa época solían durar hasta dos semanas consecutivas.
Ya más avanzado el otoño empezaban las heladas matinales. El pasto de las veredas se volvía completamente blanco y los charcos se convertían en escarcha. Muchas veces volvíamos a casa al mediodía con algunos sectores de césped aún blancos.
Me acuerdo al menos de una vez que la canilla del patio perdía una gota y durante la noche se había formado una estalactita que bajaba desde la boca de la canilla hasta el piletón.
Los sabañones también eran muy comunes y mis orejas eran su blanco preferido para martirizarme.

Las aulas (los grados, como los llamábamos) tenían apenas una pequeña estufa (no sé si a gas o a querosén). Las manos siempre frías y el "humito" del aliento eran lo habitual.

Las aulas prefabricadas se alineaban a lo largo de una de las medianeras. El resto era el patio que quedaba separado de la vereda por una verja de madera.
Hoy, la escuela tiene todas sus aulas de material y se construyeron más, percisamente donde estaba la verja. No entré nunca más a la escuela, así que no sé bien cómo se distribuyeron los espacios, pero supongo que el patio debe haber quedado muy reducido, porque el terreno no era demasiado amplio.

No sé por qué razón entre nosotros solíamos llamarnos por el apellido (en muchos casos, sigue siendo lo mismo hoy con las nuevas generaciones. Al menos es lo que pude notar muchas veces al escuchar cómo se llaman hoy entre los chicos).
Los compañeros que recuerdo no son muchos: el ya nombrado Oscar "Cacho" Olivera, Jorge Campos (a los dos ya los nombré antes), Aldo Roca (que vivía a la vuelta de la escuela, en la calle Rojas a media cuadra de la av. Sarmiento), María del Carmen Matavacas, y a otras dos chicas, sólo por sus apellidos: Cantalamesa y Mariezcurrena. A Matavacas y Cantalamesa obviamente las recuerdo más que nada por lo singular de sus apellidos que por haber sido demasiado importantes para mí en ese período. Sí lo fue, en cambio, Mariezcurrena... de la que, paradójicamente, no recuerdo su nombre. Cosas de la memoria. O de la desmemoria, quizás.
Mariezcurrena era una linda rubia que vivía sobre la calle Rauch, a unas tres o cuatro cuadras de casa y a la que solíamos visitar cuando nos juntábamos varios fuera de la escuela, para jugar o deambular por el barrio. Algunos íbamos por amistad y otros por otras razones. O por ambas al mismo tiempo...

La maestra de ese tercer grado (qué desastre...!!! Tampoco me acuerdo de su nombre... ni el nombre de ninguna de mis maestras) fue de la que me enamoré, como le sucede a todos o casi todos los chicos. Sé que en alguna parte está la foto que nos tomaron ese año, especialmente la que estoy con ella abrazándome y parados al lado del mástil de la bandera. Seguramente aparecerá en algún momento y la voy a subir.

Noviembre se terminaba y sonó la campana anunciando que había terminado el último día de clases de ese año. Por ese tiempo todavía me alegraba de que empezaran las clases, pero al mes ya me daban ganas de volver. Claro, ya en el secundario la cosa cambiaría...

Escuela Nº 83 Carlos Guido y Spano (1)

Fachada actual de la Escuela Nº 83 Carlos Guido Spano
En 1962 hubo un cambio que para mí fue bastante grande y, en cierta forma, algo traumática.
De la Escuela Modelo de Castelar me pasaron a la Escuela Nº 3 de Morón. Una escuela estatal, de la provincia de Buenos Aires. El edificio ya tenía sus años. Calculo que al menos 20, si no más. Un patio central y todo el ruido de los colectivos que tenían sus paradas sobre la vereda de la escuela. Está a 2 cuadras de la estación de ferrocarril, por lo que son varias las líneas de colectivos que pasan por allí. El frente de la escuela está sobre la calle siguiente (abarca toda una manzana más bien pequeña)
El frente estaba pintado de amarillo y las persianas de las altas ventanas de hierro tenían un sistema que permitía que estuvieran bajas, pero que al mismo tiempo entrara luz y aire. De alguna manera se levantaban los rieles por los que corrían haciendo que quedaran en un ángulo de 45 grados.
Me acuerdo que una mañana, papá tuvo que ir a hacer algún trámite a la escuela y a la salida, en el apuro por ir a tomar el tren, se pegó la cabeza en una de las puntas de una de las persianas. Chichón y lastimadura.
En la escuela 3 estuve sólo tres meses. Cuando ya empezaba a acostumbrarme a la maestra y a mis compañeros, tuvieron que pasarme a una escuela recién inaugurada que quedaba a tres cuadras de casa. Es que la normativa dice (o decía) que había que ubicar a los alumnos en la escuela que quedara más cerca de su domicilio.
La nueva escuela era (es) la Carlos Guido y Spano y tiene el número 83.
Está ubicada a pasos del puente del ferrocarril Sarmiento cruza el arroyo Morón. Por supuesto, a esas alturas ya estaba entubado y sobre él se construyó una calle que comunica el lado norte y el sur de la zona. No recuerdo el nombre de la calle.
La escuelita está en un terreno bastante chico, por lo que sólo tenía cuatro aulas y la dirección.
A la mañana cursábamos los de 3º, 4º, 5º y 6º grado. No recuerdo si a la tarde iban 1º Superior, 1º Inferior y 2º grado (ahora ya no existen más 1º Inferior y 1º Superior. Se los denomina simplemente: 1º y 2º grado. Por eso la primaria termina en el 7º grado, y no en el 6º como terminé yo. En definitiva, es lo mismo)

Frente a la escuela está ARENIL, una institución que se dedica a la rehabilitación de los chicos con parálisis infantil. Al menos esa era su actividad principal por aquellos años, ya que unos años antes había habido una epidemia de parálisis bastante grande. Todavía había algunos casos, pero ya no tantos. Quizás ahora se haya reconvertido y atiendan otro tipo de problemas.
Del otro lado de la vía estaba el Club 77 y frente a él, un terreno muy grande de Vialidad Nacional, donde vivía uno de mis compañeros: "Cacho" Olivera, que era mayor que todos los demás porque había repetido uno o dos grados. Esto lo hacía una especie de "líder" del grupo.

Las aulas eran pobres, pero dignas. Estaban hechas de madera (de las prefabricadas). Los padres trabajaron mucho en la escuela pintando, etc.
La sala donde pasé mi primer año de escuela tenía las paredes pintadas por mi vieja. Le había hecho dibujos que no recuerdo ahora, pero que eran muy lindos... es la sensación que me quedó.
A partir de éste año mi grupo de amigos creció mucho. A Julio Fuentes, Héctor Servini y Jorge Rendo (mis amigos del barrio) se sumaron unos cuantos de la escuela. Especialmente Jorge Campos que vivía a la vuelta de casa, sobre la calle Rauch... y "Cacho" Olivera...

Ese año empecé, sin darme cuenta, a desprenderme un poco de la familia (no tanto, tampoco... pero bastante más que antes. Era lógico, por otra parte...).